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  • La antinomia de los signos

    2019-04-26

    La antinomia de los signos “día” y “noche”, que comienza desde las metáforas del título, sugiere una rotación que se opera en el orden cósmico. El momento diurno tiene que ceder necesariamente el paso BYL-719 la noche, en una sucesión sin la cual cada uno de los elementos tomado aisladamente perdería su valor. El fluir del día solo adquiere sentido en relación con la inminencia de la noche. Valeria Añón analiza las representaciones de lo nocturno en la poesía de Pacheco desde la perspectiva del retorno prehispánico del dios. Así, la noche y la sangre corresponden al “espacio del sacrificio y del incierto retorno del dios” y remiten a “la esperanza de ver salir el sol entre los dos volcanes para que el ciclo re-comience” (3-4). En el ejemplo BYL-719 de arriba, aunque el sujeto lírico vive la rotación “día/noche” como un motivo de preocupación existencial y de evocación melancólica, también es consciente de que el proceso se inscribe en una imperiosa dinámica cósmica. La misma dialéctica de la sucesión diurna y nocturna es perceptible en “Mar que amanece”: A primera vista, lo que motiva el impulso lírico del poema es la impresión surgida de la contemplación de una alborada naciente. No obstante, en el fondo de esta emoción matutina anida la sensación de que ha ocurrido una renovación entera de la materia. Esta percepción se observa sobre todo a partir de la segunda estrofa, mediante el “cotidiano / nacimiento del mundo”. Todo ocurre como si “el otro mar nocturno” hubiera cedido lugar a uno distinto, totalmente transformado en la transfiguración nocturna. La belleza que se intuye en este instante matinal es el resultado de una renovación del paisaje. Un determinado aspecto del mundo se ha apagado para dar paso al rejuvenecimiento de la naturaleza, y el signo “muerto”, del último verso, encarna esta mutación. Si en “Mar que amanece” el alba representa la renovación del paisaje, en varias otras composiciones de Pacheco los elementos vegetales suelen servir de modelo para la regeneración cíclica de la materia. Esta visión se aprecia en textos como “La granada”, de Los trabajos del mar, o “Insistencia” de Islas a la deriva. En “Insistencia”, por ejemplo, la contemplación de la nieve es una oportunidad para afirmar los ciclos del agua: La primera estrofa poetiza el advenimiento nocturno y silencioso de la nieve sin otro fin que el de dar cuenta de una emoción ante un fenómeno natural. El título del poema, “Insistencia”, se debe interpretar teniendo en cuenta que el tema de la nieve domina a lo largo de la sección entera en la que el texto aparece, “Escenas del invierno en Canadá”, lo cual explica también el primer verso del poema: “Una vez más hablemos de la nieve”. “Insistencia” es, entonces, una asunción discursiva y conversacional de la redundancia del tema a lo largo de la sección. La segunda estrofa, en cambio, remite directamente a las sucesivas transformaciones que permiten el restablecimiento de la nieve. Así, la nieve que ahora “circunda / la casa y la ciudad volverá al aire, / será agua, nube y luego otra vez nieve”. El itinerario cíclico de la nieve está descrito como un privilegio prohibido a los seres humanos: “ Tú no tienes sus virtudes mutantes”. La irrupción de la segunda persona verbal permite que el enunciador dirija la palabra a un interlocutor ficticio que es a la vez el propio yo textual y el lector. Como apunta Mary Kathryn Docter, uno de los recursos del ocultamiento de la voz autorial en la poesía de Pacheco consiste en ceder el sitio a una segunda persona del singular, como consecuencia de un desdoblamiento del yo: “the use of second person singular highlights the poet’s split person, his separation from self” (299). Francisca No-guerol opina lo mismo cuando incluye el “tú” entre las “más conocidas estrategias de enmascaramiento” de Pacheco, una segunda persona verbal que puede remitir tanto a un “desdoblamiento del ‘yo’ ” como a un interlocutor del subjetivo “yo” (83), en esa peculiar ficción comunicativa que cada poema instaura. Hay que añadir, sin embargo, que este enmascaramiento del yo bajo el tú apunta también al resto de los hombres, ya que ninguna existencia puede usurpar los ciclos de la nieve. En el segundo fragmento de “El silencio de la luna: tema y variaciones”, de El silencio de la luna, este poder de resurrección se expresa a través de un elemento vegetal, las “siemprevivas”: