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    2019-06-20

    En relación con lo anterior, el papel de los medios de comunicación en la vigilancia de los asuntos del Estado, Bentham defendía la importancia de hacer públicas las sesiones del Congreso, así como el ataque frontal al secretismo de los gobernantes tradicionales. Es decir, era evidente que para el filósofo y economista inglés su principio de paz eterno se centraba en el intercambio de ideas y de bienes. Tal como lo manifiesta Jaime Jaramillo Uribe, su racionalismo jurídico y ético era típicamente burgués aunque tenía filiación con el absolutismo de Hobbes al no aceptar la teoría de soberanía popular. En el contexto neogranadino, la importancia de Bentham puede evidenciarse desde 1811 cuando Antonio Nariño lo nombra en su periódico La Bagatela y, posteriormente, cuando se constituye en autor obligado en las facultades de jurisprudencia por orden de Francisco de Paula Santander desde 1825. En este sentido, Ezequiel Rojas, profesor de jurisprudencia en el Colegio de San Bartolomé de Bogotá, es para Jaramillo Uribe el más notable expositor del utilitarismo de Bentham que parecía coincidir con los intereses de la clase formada por abogados, comerciantes y hombres de ciudad. Fundamentado en el espíritu ilustrado, es que el papel de la opinión pública se ha definido como el de desenmascarar al poder brindando, en lo posible, un conocimiento exacto de los asuntos políticos, en lo que deben pre dominar opiniones sólidas que bien parecen inalcanzables para el ciudadano común u ordinario. Las ideas que se formen los ciudadanos deben aspirar Arctigenin mantener un contacto mucho más directo con los hechos que, en muchos casos, están filtrados por sus propios prejuicios y temores. Desde esta perspectiva, la crítica literaria se constituye en el espacio privilegiado para “revelar” lo oculto en lo “familiar” o “ampliamente conocido”. De ahí que sea de gran utilidad lo que plantea el teórico francés Pierre Macherey en su ya clásico libro Para una teoría de la producción literaria (1966). De acuerdo con Macherey, al preguntarse sobre la naturaleza de la crítica afirma que, mientras la obra de un escritor no se enuncia en términos de un saber, lo cual no significa que no pueda ser objeto de un saber, “si es verdad que el discurso crítico hace surgir con relación al discurso del escritor la exigencia nueva de una racionalidad, será necesario dar a myosin la crítica un estatuto propio y en particular renunciar a mantenerla dentro de los límites de la literatura”. Asimismo, afirma que en cuanto racionalidad, la crítica aspira al establecimiento de unas leyes (universales y necesarias) en los límites propios que establecen su formulación. Si por una parte, la crítica comienza por la negación (“quiere decir la verdad aunque al mismo tiempo denuncia lo falso”) y manifiesta un saber que si bien satisface reglas originales, en última instancia es un saber subjetivo, es indudable que se fundamenta en una contradicción en los términos. En consecuencia: Por último, y a modo de complemento de lo anterior, vale resaltar la postura de Terry Eagleton en relación a la “función de la crítica”, en el contexto del estudio de Habermas sobre la “esfera pública” a propósito de la crítica en el sentido de “las funciones Arctigenin sociales sustantivas que la crítica podría realizar una vez más en nuestra propia época, más allá de su función crucial de mantener desde el mundo académico una crítica de la cultura de la clase dirigente”.
    La crítica aislada de las contiendas políticas Conscientes de la importancia de un fundamento simbólico en la redefinición de la nación colombiana, los ideólogos regeneracionistas centran sus mayores esfuerzos no sólo en la reconstitución de un mito fundacional (Insurrección de los Comuneros, 1781) y un ideólogo ilustrado como Antonio Nariño (1765-1823), sino en una relectura del pasado literario que hace del costumbrismo y la poesía patriótica neoclásica su mayor patrimonio cultural. De acuerdo con esto, no es casual que de las dos tendencias ideológicas e intelectuales de la Regeneración; por un lado los tradicionistas (Miguel Antonio Caro y Sergio Arboleda), por otro, la tendencia sociológica descrita en términos de “individualismo moderado”, con fuerte vocación histórica (José María Samper y Rafael Núñez), tengan en ellos sus más insignes representantes de los “hombres de letras”.